Educación: La mejor inversión

Invertir en una educación universitaria es una sabia decisión. Una determinación que tiene un rendimiento espectacular: una persona que desarrolla su máximo potencial intelectual, y que al hacerlo, se construye un futuro mejor y contribuye a crear una sociedad más innovadora, productiva y justa.

No obstante, esta decisión –como debe ocurrir con cualquier otra inversión– no debe tomarse a la ligera; es fundamental considerar los retos y compromisos que conlleva. En el caso de los financiamientos para educación superior, hay varios aspectos que deben ponderarse.

En principio, para atender el costo de una formación universitaria, los estudiantes y sus familias tienen opciones muy claras: becas y esquemas de pago que ofrecen las instituciones académicas, créditos de la banca comercial y de intermediarios financieros, e instrumentos como los seguros para educación superior.

Además, existen esquemas de “becas” que sólo se utilizan como ganchos comerciales, es decir, se otorgan como descuentos pero que sólo serán aplicables durante el primer periodo. De igual forma, se estima que el 70% de las becas que son otorgadas se pierde antes de la mitad de la carrera.

Los seguros educativos, un sistema de ahorro (que se contrata desde la infancia del estudiante) para reunir recursos que se destinarán al pago de una matrícula universitaria, son una alternativa cada vez más popular pero con una importante desventaja: a causa de la inflación, el monto acumulado podría no resultar suficiente para cubrir el costo de una licenciatura.

Por otro lado, el crédito comercial para educación superior (licenciatura y posgrado) es aún incipiente en el país. Según estimaciones de la consultora OCCEduación, apenas 8% de los mexicanos utiliza un financiamiento para fines educativos. Esta baja penetración, en opinión de los expertos, empieza en un lugar específico: a diferencia de lo que pasa con el crédito para vivienda, negocio o automóvil, los financiamientos para estudios universitarios son pocos y no son ampliamente publicitados. Además, al igual que otros productos de la banca tradicional, los créditos disponibles tienen requisitos que podrían ser difíciles de satisfacer, especialmente para las familias mexicanas de bajos ingresos –paradójicamente, el sector poblacional que puede mejorar su destino con la educación superior.

Sin embargo, la formación universitaria es una apuesta que bien merece cualquier esfuerzo. A la hora de considerar un crédito para educación superior, más allá de las becas y apoyos que ofrecen directamente las instituciones académicas, hay varios asuntos a considerar:

  • Valorar la oferta y sus condiciones. Explorar los distintos productos que están disponibles en el mercado, analizando a fondo aspectos como: tasa de interés, costo anual total (CAT), plazo, requisitos, monto y periodicidad de los pagos, condiciones en pagos adelantados, etc. El rigor analítico que se aplica con otra clase créditos –para comprar casa o automóvil– también debe usarse en la contratación de un financiamiento universitario.
  • Visión de largo plazo. En la mayoría de los casos, el pago del financiamiento se extiende más allá del día de graduación, es decir, se asume que el estudiante titulado, ya integrado –en teoría– al mercado laboral, seguirá liquidando el crédito. Esto plantea un aspecto crítico. Si el joven elige una carrera con baja demanda en el mercado, el riesgo de sufrir desempleo se incrementa sustancialmente; y eso derivará en una situación problemática: por motivos de desocupación, no contar con recursos para liquidar el crédito, lo que, a su vez, tendrá consecuencias de distinta índole. Por supuesto, no se trata de renunciar a las aspiraciones de desarrollo personal; sin embargo, si se piensa aprovechar un financiamiento educativo, la elección de la carrera demanda una profunda reflexión.
  • Compromiso de rango amplio. Aunque tiene un fin loable y socialmente positivo –transformar una vida a través de la formación académica–, un crédito educativo es un compromiso que va más allá de las calificaciones y los promedios. Para bien y para mal, estos financiamientos se integrarán a un historial crediticio. Un mal uso del apoyo, al final del día, complicará el acceso a otros instrumentos muy necesarios: crédito para vivienda, seguro médico, préstamos para iniciar un negocio, tarjeta de crédito, etc.

Como ocurre con cualquier otro producto de financiamiento, un crédito para educación superior no puede medirse en términos de “bueno” o “malo”. Su objetivo final –garantizar la formación universitaria de una persona– es irrebatiblemente positivo. El tema de fondo es encontrar la opción que se ajuste a las necesidades específicas de un presupuesto.

Por Alejandro Rivero-Andreu Salas, director general de FINAE.

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